Generalmente, a la hora de plantear un proyecto concreto o de estudiar las posibles mejoras de un proceso, se nos van horas y días enteros tratando de llegar a una idea brillante, a una fórmula mágica que revolucione para siempre nuestro sector. Nos centramos, en la mayoría de ocasiones (por no decir en todas), en la búsqueda de esa innovación radical y disruptiva que deje impactado a todo el mundo y deje a la competencia con cara de poker.

Sin embargo, desde la última herramienta de software hasta el más reciente gadget tecnológico presentado, nos encontramos con muy pocas cosas que sean verdaderamente únicas. La mayoría de los “importantes” avances tecnológicos habidos en la historia son sólo eso, avances. Avances y matices sobre ideas o productos que llevaban mucho tiempo existiendo.

Si hay un dicho típico en lo que se refiere a innovación es “esto es el mejor invento desde la invención de la fregona!” Sin embargo, qué fué la fregona? En el fondo nada más que la manipulación de un producto existente para dar solución a un problema persistente.

Problema: Fregar los suelos es un trabajo insufrible. La posición es incomodísima y destroza las rodillas.

Solución 1: “Invención” de una almohadilla que se utilizaba, en tiempos, para que, al fregar arrodillados, no sufrieran en exceso las rodillas.

Problema 2: sigue siendo insufrible. La almohadilla alivia, pero al cabo del tiempo las rodillas y la espalda se resienten.

Solución 2: Y si le ponemos un mango a la bayeta o estropajo que usemos para fregar, de manera que podamos hacerlo permaneciendo de pie?

La solución 2 no reinventa la rueda, realmente. “Simplemente” une dos productos que ya existían para darles, de manera conjunta, un nuevo uso y, así, resolver un problema existente.

La tecnología no nos va a apabullar, en la gran mayoría de los casos, con innovaciones radicales, habilidades desconocidas o prestaciones intergalácticas (valga la expresión). Simplemente va a integrar en nuestra vida diaria conceptos y habilidades que ya teníamos por separado, pero que trabajando de manera conjunta, unos resolverán problemas existentes y otros, darán respuesta a necesidades que ni siquiera sabíamos que teníamos (o no teníamos en absoluto). Un paraguas cuyo mango parpadea al ir a salir de casa si hay previsión de lluvia o un coche que pide cita directamente al taller cuando le toca revisión o detecta una avería, son dos posibilidades de un futuro no tan lejano que implementará innovaciones incrementales a través de lo que se conoce como internet de las cosas.

A dónde queremos llegar con este razonamiento? Sencillamente a dosificar nuestro tiempo y adaptar nuestro pensamiento, no hacia la búsqueda de soluciones magistrales inimaginadas hasta la fecha, sino hacia la evolución de ideas preexistentes, adaptándolas a nuestras necesidades. La diferencia entre el éxito y el fracaso es, en la mayoría de ocasiones, cuestión de matices, de detalles.

Hagamos nuestra propia investigación ante situaciones en que buscamos solucionar un problema. Es muy probable que otra persona ya tuviera un problema similar y se le haya ocurrido una solución. Seguramente no será exactamente lo que necesitamos pero nos dará las pistas para, mediante los necesarios ajustes y adaptación a nuestras necesidades concretas, lleguemos a una solución lo suficientemente innovadora como para que resuelva nuestros problemas y nos permita un salto cualitativo en nuestro desempeño.

No se trata de copiar, sino de adaptar, evolucionar y avanzar. Los grandes avances no son más que la suma de pequeños avances que, juntos, convierten el proceso en un salto inimaginable.

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Innovación estrategica